Cali, paleta de colores

Cali se pinta de colores gracias al vestir alegre de su gente, a la temperatura que sube con el transcurrir de las horas, a la brisa del atardecer que baja de la cordillera occidental, a la pigmentación de sus frutas y manjares, a sus pasiones que hierven en el alma, a su cielo siempre lleno de azul.

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Mundo de colores

Desde pequeñita me ha gustado el arte y todo lo que tiene que ver con esa palabra…He sido aprendiz de actriz, de poeta, de escritora, de pintora, de fotógrafa…No sé por qué no he seguido ninguna a cabalidad, quizás ha sido el miedo el que no me ha dejado, pues las ganas y el apoyo de los míos no me han faltado, pero este no es el momento de buscar razones o culpables…Hoy puedo decir que estar en cada uno de esos roles me ha dado una felicidad enorme: haciendo llorar, reflexionar, reír a otros con la interpretación de personajes que aparentemente no soy; volando entre las líneas de mis versos, sollozando entre los recuerdos vividos de mi prosa; creando imágenes, dibujos, trazos a partir de mis sueños, de mis emociones más profundas sobre un lienzo; inundándome de la vida real, de lo que probablemente no nos percatamos cotidianamente, pero que con ayuda de mi lente puedo apreciar mejor.

Decidí tomar un taller de pintura y este camino me llevó a encontrarme con María Clara, un ser humano maravilloso, una gran maestra. Entre el agradable olor a óleo y los dibujos pintados en pliegos de papel bond nos hicimos amigas y de las buenas. Las horas se hacían cortas, cortísimas, para nuestras charlas sobre la teoría del color y las técnicas, sobre la historia del arte y las épocas, sobre aquello que yo quería mostrar en mis dibujos y de qué manera podía lograrlo, incluso, hablábamos de los amores y desamores, de Dios y de los dioses, de sus viajes y de los míos, de nuestros sueños; yo me sentía como su discípula y ella era mi maestra, de pintura, de otros conocimientos, de la vida. Anhelaba que llegara el sábado para asistir a esas reuniones que me hacían levitar con los pies en la tierra, era el sitio perfecto para despojarme de pensamientos, de la rutina, de mí misma. La puesta del sol significaba el fin del ritual y descendía nuevamente a mi cuerpo, a mi ser.

Un día se acabaron las clases por esas cosas de la vida que nadie entiende, porque “así tenía que ser” dicen por ahí. No sé si un día me gradúe en una de estas disciplinas, pero siento que llevaré el arte como un escudo a donde sea que vaya.

Este es uno de los trabajos que hice en esas cortas jornadas de placer.

El bosquejo
El bosquejo
El resultado
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